Urielo 0.5

Seguro pero cosquilludo

Compartir es legal

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La libertad siempre viene acompañada, aunque unos pasos atrás, de individuos u organizaciones que aseguran que se trata de un derecho universal, pero controlable. Es más, prefieren que toda garantía humana esté limitada bajo preceptos coyunturales, casi siempre ligados a intereses de mercado, o a criterios políticos como “estabilidad social”, usados con fines policiacos en la mayoría de las veces.

Si estos ‘torquemadas’ identifican que sus intereses están en riesgo porque una tecnología se populariza, hacen todo lo posible para que los gobiernos y sus sistemas judiciales y legislativos la declaren delictuosa, casi demoniaca. Con sus equipos de cabildeo presionan para, uno, posicionar el tema de su interés en la agenda pública; dos, imponer sus criterios de lo que es bueno y malo, utilizando al miedo, la incertidumbre y la duda como rieles del tren del terror.

En México, la Amprofon es una de las asociaciones que gusta de este método. Por ejemplo, mantiene una estrategia para espantar a los dueños o administradores de cibercafés a partir “los riesgos legales” que implica ofrecer a sus clientes el quemado de CD o DVD. Incluso “sugiere” desinstalar todos los programas que permitan conectarse a la red más eficiente para intercambiar datos, conocida como P2P.

En Estados Unidos está la RIAA y en España la SGAE, célebre recientemente por demandar al bloguer Julio Alonso, sólo porque el empresario se atrevió a cuestionar a la mencionada asociación protectora de artistas.

Aclaro: no compro piratería y, como consecuencia, no fomento el fortalecimiento económico de las mafias que obtienen ganancias con el trabajo de otros y patrocinan a otras mafias, como la de los líderes de vendedores ambulantes que, a su vez, reparten mucho dinero entre grupos políticos (¿verdad, Lolita y Bejarano?) y dotan de marchantes y gritones para campañas de legisladores y gobernantes que, después, tolerarán a las mafias iniciales porque les deben buena parte de su financiamiento proselitista.

Sí algún CD, DVD, software o libro es interesante, se comparte a través de internet con amigos, sin pedir un centavo, sin beneficiar a ninguna de las famiglias anteriores. Si a alguien le encanta lo compartido, seguramente saldrá a comprarlo.

Lo que hacen millones de usuarios de la P2P (peer to peer) es “usar algo en común”, justo como se hacía con los casetes hasta hace poco para descubrir a una banda de rock. Así conocí a Radiohead, a finales de 1993, y he comprado todos sus discos y una que otra edición especial.

La red P2P, donde no hay un centro ni un servidor fijo, es una forma más para conectarse con otros usuarios e intercambiar datos de cualquier tipo, legales y no, como ocurre todo el tiempo en la vida diaria, con o sin internet.

Si las disqueras y sus asociaciones aceptaran que sus artistas deben esforzarse por entregar mejores productos musicales, porque de un disco sólo pegan dos rolitas —y bien payoleadas para que las escuchemos hasta en el baño de los restaurantes—, las posibilidades de que sus ventas suban serían mayores.

En lugar de luchar contra la red P2P difundiendo miedo o confusión, como hizo la inquisición católica hasta el inicio del siglo XIX, las disqueras deberían idear cómo servirse de las nuevas rutas de distribución, aprovechar las redes sociales que los artistas pueden tender para redefinir su relación con los melómanos.

Ojo, que cuando se comparte música por internet se intercambian datos, no dinero. Y eso, hasta ahora, no es delito.

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Written by Uriel

05/07/2007 a 4:42 pm

Publicado en interné

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