Urielo 0.5

Seguro pero cosquilludo

Genéticamente modificados

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La ciencia puede no tener fin. Ya sea en el mundo macro, el de las galaxias, las estrellas, la astronomía; o en el micro, el de las células, las proteínas y sus expresiones, los virus, las nanociencias.

El desarrollo de las naciones, como quedó demostrado a partir de que la Segunda Guerra Mundial terminó, está estrictamente ligado al de la ciencia y la tecnología.

De hecho, naciones enteras como Japón, que fueron vapuleadas por los Aliados con una bomba atómica, invirtieron su crecimiento a partir de fomentar la inversión y desarrollo de, en este caso, la electrónica y la informática.

En el equipo contrario están países como México que decidieron basar su crecimiento en la explotación de sus materias primas, sin transformarlas en productos ni darles valor agregado.

La ciencia es el único desarrollo humano que evitará que la historia termine. En 1999, el filósofo Francis Fukuyama aseguró en un ensayo clásico (“The end of history”), publicado en el número de verano de la revista estadunidense The National Interest, que con la caída del bloque comunista en Europa del Este, el mundo aceptaba al liberalismo como el único motor para la economía mundial.

Sin embargo, diez años después, el escritor de origen japonés rectificaría su tesis. “Sólo uno de los cientos de analistas que discutieron ‘The end of history’ ha comprendido su verdadera debilidad: la historia no puede terminar, puesto que las ciencias de la naturaleza actuales no tienen fin, y estamos a punto de alcanzar nuevos logros científicos que, en esencia, abolirán la humanidad como tal”, escribió en 1999.

Uno de los logros a los que se refiere Fukuyama es la genómica vegetal, una disciplina con más de 30 años de desarrollo, pero que apenas empieza a influir fuera de Canadá y Estados Unidos, cuyas agriculturas han adaptado los productos modificados genéticamente como opciones para comercializar algodón o maíz que impide que el gusano barrenador les carcoma.

En Argentina y Brasil el uso de soya igualmente modificada ha permitido que los productores incrementen sus ganancias, pues su cultivo es mucho más barato que las especies tradicionales, susceptibles a enfermedades y víctimas de las inclemencias del clima.

En México, muchos científicos han estudiado y generado productos transgénicos. Francisco Bolívar Zapata, investigador del Instituto de Biotecnología de la UNAM, fue distinguido con el premio Príncipe de Asturias (1991) por sus contribuciones a esta área, y él, junto a un selecto grupo de especialistas de la Academia Mexicana de Ciencias, ha impulsado una propuesta de ley para fomentar y proteger el uso de la biotecnología.

Las comisiones de Agricultura, Ciencia y Salud en la Cámara de Diputados aprobaron su dictamen el miércoles, en medio de una lluvia de cuestionamientos por parte de organizaciones que ven en esta iniciativa el despojo final al campo nacional.

Pero a los diputados, como siempre, sólo les importa la “productividad legislativa”. En especial porque una ley de este tipo requerirá de inversión para aplicarse, para regular a las trasnacionales que ya se saborean las ganancias por el nuevo mercado.

Pero eso no les importa a los legisladores. Ellos aprueban y aprueban, aunque a la ciencia no le adjudiquen ni medio punto PIB para su desarrollo.

urielrodriguezm@yahoo.com.mx

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Written by Uriel

10/12/2004 a 1:00 am

Publicado en Tinta china

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